TERREMOTO EN GRANADA: ansiedad, miedo y la ilusión de tener el control
Hay terremotos que mueven las paredes.
Y hay terremotos que mueven algo mucho más profundo: la sensación de que nuestra vida está bajo control.
La madrugada del 14 de agosto, Granada tembló.
A la 1:04 de la madrugada, la tierra se movió con una magnitud de 4,8 Mw, con epicentro al noreste de Alhendín. El temblor se sintió ampliamente y, después, llegaron las réplicas. Algunas personas salieron de sus casas. Otras decidieron pasar la noche fuera. Algunas fueron atendidas por crisis de ansiedad.
Y entonces aparece una pregunta y con ella la «ansiedad» intentando algo imposible:
Resolver ahora un acontecimiento que todavía no ha sucedido.
El terremoto ya pasó.
Pero la mente lo reproduce.
Y mientras lo reproduce, intenta encontrar una solución para el próximo.
¿Y si vuelve a pasar?
¿Y si vuelve a temblar mientras estoy durmiendo?
¿Y si estoy dentro de casa?
¿Y si estoy sola?
¿Y si ocurre algo?
¿Y si esta vez es más fuerte?
La tierra ya se ha detenido.
Pero para algunas personas, el terremoto continúa.
Continúa en forma de anticipación.
En forma de vigilancia.
En forma de cuerpo tenso que escucha cualquier pequeño ruido.
En forma de sueño interrumpido.
En forma de una mente que intenta adelantarse al próximo movimiento para estar preparada.
Y aquí aparece algo profundamente humano.
La necesidad de controlar.
Queremos saber qué va a ocurrir.
Queremos saber cuándo.
Queremos saber dónde.
Queremos saber cuánto.
Queremos saber que estaremos a salvo.
Queremos tener un plan.
Queremos que la vida nos dé garantías antes de atrevernos a vivirla.
Pero el terremoto tiene algo radicalmente incómodo:
nos recuerda que no tenemos el control.
No controlamos cuándo se mueve la tierra.
No controlamos cuándo aparece una enfermedad.
No controlamos lo que hará otra persona.
No controlamos el futuro.
No controlamos siquiera cuál será nuestro próximo pensamiento.
Y esto puede resultar aterrador para una personalidad que ha construido buena parte de su identidad alrededor de una ilusión:
«Si estoy suficientemente atenta, suficientemente preparada y suficientemente pendiente, podré controlar lo que suceda.»
El terremoto rompe esa fantasía en unos segundos.
No solo mueve los cimientos de una casa.
Mueve los cimientos de la personalidad ficticia.
Porque esa personalidad necesita sentirse alguien que sabe.
Alguien que puede prever.
Alguien que puede protegerse.
Alguien que puede organizar la realidad para sentirse segura dentro de ella.
Y de repente la tierra dice:
«No.»
No como una respuesta cruel.
Simplemente como un hecho.
La vida no está esperando nuestras instrucciones.
No se trata de decirle a alguien que tiene miedo que «no tenga miedo».
Eso sería otra forma de violencia.
El miedo tiene derecho a aparecer.
Después de una experiencia inesperada y potencialmente amenazante, es comprensible que el sistema nervioso permanezca alerta.
La cuestión no es eliminar el miedo.
La cuestión es observar qué hace la mente con él.
Porque una cosa es:
«Tengo miedo.»
Y otra muy distinta:
«Tengo que conseguir que esto no vuelva a ocurrir.»
En la primera hay una experiencia.
En la segunda comienza la guerra contra la incertidumbre.
La personalidad ficticia quiere seguridad absoluta.
La vida ofrece presencia.
La personalidad ficticia quiere garantías.
La vida ofrece experiencia.
La personalidad ficticia quiere saber qué ocurrirá mañana.
La vida solo está ocurriendo ahora.
Quizá por eso este terremoto no solo haya movido edificios.
Quizá haya movido preguntas.
Y algunas de esas preguntas pueden ser profundamente incómodas:
¿Quién soy cuando no puedo controlar lo que sucede?
¿Qué queda de mí cuando desaparece la sensación de seguridad?
¿Puedo estar aquí sin saber qué ocurrirá después?
No necesitamos responderlas inmediatamente.
Tal vez basta con permanecer cerca de ellas.
Sin convertirlas en otro proyecto de la mente.
Porque quizá, cuando tiemblan los cimientos de aquello que creíamos ser, descubrimos algo inesperado:
que no éramos los cimientos.
Que no éramos el edificio.
Que no éramos siquiera la necesidad de tenerlo todo bajo control.
Éramos eso que estaba aquí antes del terremoto.
Y eso que está aquí ahora.
Respirando.
Sintiendo.
Observando.
Viviendo.
Mientras la tierra, como siempre, sigue siendo tierra.
Y la vida, como siempre, sigue siendo vida.


