“La adaptabilidad es un hábito o cualidad más deseable para el éxito en la vida”
Sivananda Saraswati.
El cambio sucede, pero ¿qué es lo que realmente cambia?
Observa durante un instante tu experiencia.
El cuerpo cambia.
Las emociones cambian.
Los pensamientos cambian.
Las relaciones cambian.
Las circunstancias cambian.
El mundo entero parece estar en un movimiento constante.
Desde pequeños aprendemos a vivir intentando estabilizar aquello que, por naturaleza, es inestable. Buscamos seguridad en las personas, en el trabajo, en la salud, en las ideas y en los proyectos. Sin embargo, tarde o temprano la vida nos muestra una realidad imposible de evitar: todo aquello a lo que nos aferramos está destinado a transformarse.
Y es precisamente ahí donde suele aparecer el sufrimiento.
No por el cambio en sí mismo, sino por nuestra resistencia a él.
La ilusión del controlador
Cuando surge una situación inesperada, una mudanza, una ruptura, una pérdida, un nuevo empleo o cualquier acontecimiento que altera nuestros planes, inmediatamente aparece la necesidad de controlar.
Queremos saber qué ocurrirá.
Queremos garantizar un resultado.
Queremos proteger una imagen de nosotros mismos y de cómo creemos que debería desarrollarse la vida.
Pero si observamos con honestidad, descubrimos algo sorprendente.
¿Quién es ese «yo» que pretende controlar?
Los pensamientos aparecen solos.
Las emociones aparecen solas.
Los acontecimientos llegan sin pedir permiso.
Incluso las decisiones que consideramos personales emergen después de una compleja red de circunstancias, condicionamientos, aprendizajes y experiencias.
La sensación de ser un controlador separado forma parte de la historia que la mente narra constantemente.
Una historia útil para funcionar en el mundo práctico, pero insuficiente para comprender quiénes somos realmente.
La vida no necesita nuestra supervisión
El corazón late sin nuestra intervención.
La respiración continúa durante el sueño.
Las estaciones se suceden unas a otras.
Las mareas suben y bajan.
Las células del cuerpo nacen y mueren continuamente.
La existencia entera se despliega de manera espontánea.
Sin embargo, el ser humano vive frecuentemente como si cargara sobre sus hombros la responsabilidad de sostener el universo.
¡Qué agotador resulta intentar dirigir aquello que nunca ha estado bajo nuestro control!
La vida ya está ocurriendo.
Siempre ha estado ocurriendo.
Mucho antes de que apareciera la idea de un «yo» encargado de administrarla.
El miedo al cambio es miedo a desaparecer
Cuando sentimos miedo ante una transformación, raramente tememos al acontecimiento en sí.
Lo que realmente teme la mente es la pérdida de referencias.
Teme dejar de ser quien cree ser.
Teme no saber.
Teme no poder anticipar.
Teme quedarse sin suelo.
Sin embargo, toda experiencia humana apunta hacia una evidencia sencilla: aquello que cambia no puede ser lo que somos esencialmente.
Cuando eras niño, tu cuerpo era distinto.
Tus pensamientos eran distintos.
Tus gustos eran distintos.
Tus relaciones eran distintas.
Y aun así hay una sensación íntima de presencia que permanece.
Algo que ha estado ahí observando todas las etapas de tu vida.
Algo que no envejece al mismo ritmo que el cuerpo.
Algo que permanece mientras todo lo demás se transforma.
Descansar en lo que no cambia
Descubrir aquello que permanece intacto en medio de todos los cambios.
Ese espacio abierto donde aparecen pensamientos, emociones, sensaciones y acontecimientos.
Las olas cambian.
El océano permanece.
Las nubes cambian.
El cielo permanece.
Las experiencias cambian.
Cuando esta comprensión comienza a madurar, la relación con la incertidumbre se transforma profundamente.
Ya no es necesario luchar contra cada movimiento de la vida.
Ya no es necesario exigir certezas imposibles.
La existencia puede desplegarse tal y como es.
La inteligencia de la vida
La mente suele interpretar la incertidumbre como una amenaza.
Sin embargo, desde una mirada más profunda, la incertidumbre es simplemente la forma en que la vida expresa su infinita creatividad.
Si pudiéramos conocer cada acontecimiento futuro, la existencia sería un mecanismo cerrado.
Pero la realidad no es un mecanismo.
Es una expresión viva, dinámica y siempre nueva.
Cada encuentro.
Cada despedida.
Cada pérdida.
Cada nacimiento.
Cada oportunidad.
Forma parte de un movimiento mucho más amplio de lo que la mente puede comprender.
Por eso la confianza profunda no nace de saber lo que ocurrirá.
Nace de reconocer que aquello que somos no depende de lo que ocurra.
Más allá de adaptarse al cambio
Habitualmente hablamos de aprender a adaptarnos.
¿Quién necesita adaptarse?
La personalidad cambia.
Las circunstancias cambian.
Los roles cambian.
Pero lo que observa todos esos movimientos permanece inalterada.
Cuando dejamos de identificarnos exclusivamente con la forma, descubrimos que la vida no nos está sucediendo a nosotros.
La vida simplemente está sucediendo.
Y nosotros somos eso mismo.
La totalidad expresándose como este instante.
Una invitación
La próxima vez que aparezca un cambio importante en tu vida, tal vez puedas detenerte un momento.
Antes de preguntarte cómo controlarlo.
Antes de preguntarte cómo evitarlo.
Antes de preguntarte qué ocurrirá.
Observa.
Permanece en silencio.
Y dirige la atención hacia aquello que está siendo consciente de toda la experiencia.
Quizás descubras que el verdadero refugio nunca estuvo en la estabilidad de las circunstancias.
Quizás descubras que aquello que eres ya estaba en paz antes del cambio, durante el cambio y después del cambio.
Y eso que permanece, eso que observa, eso que simplemente es…
es tu verdadera naturaleza.
SarimaEducación


